martes, 21 de noviembre de 2017

Masterchof, que vomito.

Atragantarse con un programa de cocina o ser victima de una indigestion fruto de un exceso de sopa de estrellas michelin es tan facil como pulsar el uno en tu varita magica de las ondas y dejarse llevar por tres sardinas enlatadas en un insipido guion que a veces salva, sin exito,  con una pizquita de gracia andaluza la que presenta lo impresentable.
No variar un guion, dejando en manos de unos estereotipados concursantes la frescura o la diversion de un programa de cocina, aburre si lo novedoso es solamente repetir estrellas invitadas o descubrir como hacer un huevo frito sin tocarselos al espectador.
Un concurso de cocina que premia al que mas morro le echa a la cazuela o al que mas seguidores tiene en la cola del super solo sirve para hacer un menú de masterchof y vomitar sopa de letras sin sentido despues de engullir al espectador a base de sentimentalismos muy alejados de lo que seria un buen programa de cocina.
Pan y circo para la masa.

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